Melancolía. Tan extraña esa palabra, tan poco usual, y tantas veces sentida dentro de cada uno. Mil veces al día puede aprisionarnos, después de una emboscada: aprieta fuerte el corazón, haciéndonos sentir una angustia enorme sin aparente motivo en el peor de los casos, y de un modo tan irracional que ella misma se crece al sabernos rendidos.
Es un shock deliciosamente horrible; tan profundo y tan vacío, tan ligado a nosotros. La queremos y la rehusamos, según el momento.
Pero no hay escapatoria; porque donde sea, cuando ella quiera, nos tomará -de nuevo- en su regazo.
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